LOGROS Y LA PRESENCIA DE LA MUJER EN LA POLÍTICA LIBERAL

Se ha señalado que
la Revolución Liberal ecuatoriana (1895-1912) no produjo transformaciones
importantes en las estructuras social y econó- mica del país, en la medida que
dejó intacto el sistema de hacienda y las formas de estructuración social
derivadas de este. Sin embargo, el liberalismo dio lugar a la separación entre
la Iglesia y el Estado, a una relativa secularización de la vida social y a la
formación de nuevas mentalidades.
Con la Revolución Liberal, un amplio sector
de mujeres pasó a ser objeto de preocupación y elaboración de discursos y
aparatos estatales, que abrieron posibilidades para su participación en otras
esferas sociales, más allá de la vida doméstica. La visión del Estado sobre las
mujeres se desplazó en este período, concibiendo su rol de manera distinta. El
discurso estatal ya no circunscribió a las mujeres únicamente al hogar o a un
espacio semi-público dependiente de la Iglesia o de una autoridad masculina
sino que su incorporación al espacio público y productivo como sujetos comenzó
a plantearse. Este es un discurso llevado por la “idea del progreso liberal” y
la necesidad de constituir un nuevo tipo de sujeto femenino aunque sin
abandonar su condición subalterna. Uno de los mecanismos importantes fue la
educación laica, que hizo posible que mujeres de sectores medios se capacitaran
e incursionaran en diversos campos profesionales, especialmente en el
educativo. La creación de los normales (1901) permitió que las maestras fueran
adquiriendo legitimación y mayor grado de profesionalización.
También, el
gobierno liberal abrió cursos especiales para señoritas en el Conservatorio
Nacional de Música y en la Escuela de Bellas Artes, y fomentó, por medio de
becas, los estudios de obstetricia y el ingreso a la Facultad de Farmacia.
Estas políticas permitieron que, por primera vez en Ecuador, se crearan fuentes
de trabajo para las mujeres en el sector público, quienes comenzaron a laborar
en Quito y Guayaquil en las oficinas de correos, telégrafos y teléfonos, el
profesorado y los mandos medios de la administración pública4 . Esto no quiere
decir que los antiguos roles de las mujeres como madres y esposas
desaparecieran, pero sí que se abrieron nuevos espacios en los que adquirieron
cierta autonomía y se vieron sujetas a otras formas de control social e
individual. El discurso liberal asumió que la mujer era un factor clave en el
progreso y el desarrollo del país. Su incorporación al campo productivo sería
una condición necesaria para su autonomía económica e inclusión ciudadana.
El
principio liberal del trabajo como medio para que el hombre conquistara su
independencia y se volviera dueño de sí incluyó a la mujer, aunque conservando
las diferencias que marca la reproducción del sistema patriarcal y de dominio
en un sentido económico y moral. Aunque el proceso abierto por el liberalismo
no eliminó la antigua situación de subordinación de las mujeres, generó nuevas
posibilidades de actuación pública a la vez que exigencias y necesidades. Este
proceso se llevó a cabo con una doble estrategia: de “incorporación controlada”
y de “inclusión subordinada”. De incorporación ya que la dinámica del comercio
y la incipiente industria, así como los requerimientos administrativos del
Estado, incorporaron a muchas mujeres; de inclusión subordinada ya que esta incorporación
no se realizó en términos equitativos y se dio solo en determinados campos y
espacios. Dentro del proceso de secularización y de separación de la Iglesia y
el Estado, al dictar las leyes del Registro Civil y de Matrimonio Civil y
Divorcio (1902), el Estado liberal puso bajo su control los mecanismos legales
de celebración y disolución del matrimonio que antes fueran regulados por el
Derecho Canónigo. Esto provocó una intensa confrontación ideológica entre
liberales y conservadores.
El matrimonio civil fue considerado por la Iglesia
Católica y el conservadorismo como “concubinato público” (González Suárez, 1980
[1902]: 251) y todas las disposiciones acerca del divorcio, “malas
intrínsecamente”, y sus contenidos, “opuestos al derecho natural y al derecho
divino” (González Suárez, 1980 [1903]: 280). A pesar de que hubo grupos de
mujeres que plegaron la jerarquía católica en oposición a estos cambios, las
políticas liberales debilitaron los mecanismos de control moral de la Iglesia
sobre las mujeres, dando paso a un nuevo sistema de valores y necesidades (así
como sujeciones) que facilitarían su formación como sujetos modernos. Un
aspecto interesante del liberalismo fue que permitió ampliar el espacio de
debate público. Si al parecer esto fue una realidad en cuanto a la producción
masculina de diarios y revistas5 también lo fué en cuanto a la producción
femenina. En el ambiente de transformaciones que acompañaron el proceso
liberal, algunos grupos de escritoras iniciaron la publicación de revistas en las
que defendieron principios de equidad y de mejoramiento de la condición de las
mujeres: El Tesoro del Hogar (1890), La Mujer (1905), El Hogar Cristiano
(1906-1919), La Ondina del Guayas (1907-1910), La Mujer Ecuatoriana (1918-1923)
y Flora (1917-1920) son algunas publicaciones que nos permiten visualizar este
tipo de producción hasta la década de los veinte del siglo XX6 . Estas revistas
crearon espacios alternos abiertos a la circulación de ideas y se consituyeron
como medios de relación y unidad entre grupos de mujeres, así como un estímulo
para su participación en la escena pública. Si bien estuvieron fuera de los
medios de comunicación hegemónicos como partícipes de una amplia esfera
pública, crearon espacios para la formación de un público femenino o contra-público
subalterno, en términos de Nancy Fraser (1997: 115). Las escritoras de estas
revistas, que en su mayor parte fueron literarias, buscaron abrir espacios
comunicacionales que hicieran posible tanto el trabajo creativo como el
mejoramiento de su condición (Goetschel, 2006: 17). Las revistas estuvieron
orientadas a desarrollar el gusto por la literatura, pero también una forma de
pensar y un nuevo sentido ético. Se trató de un trabajo forjado a partir del
lenguaje y los medios disponibles en esa época. Es interesante el peso que
tuvieron en esas condiciones la poesía y el ensayo intimista, como recursos que
permitían establecer un diálogo interno y la construcción de una subjetividad.
En uno de estos escritos Zoila Ugarte sintetiza las inquietudes de las mujeres
avanzadas de la época: (...) la mujer ecuatoriana siguiendo el movimiento
universal, sale de su letargo, protesta de su miseria y pide conocimientos que
la hagan apta para ganarse la vida con independencia; pide escuelas, pide
talleres, pide que los que tienen la obligación de atenderla se preocupen de
ella algo más de lo que hasta aquí lo han hecho (Ugarte de Landívar,
1905b:100). En estas revistas, las mujeres escritoras comenzaron a asumirse,
desde una condición de género, como parte de un movimiento universal capaz de
demandar a “los que tienen la obligación” de atenderlas a través de la creación
de escuelas y talleres. Se trataba de demandas democráticas, capaces de
constituir formas de “modernidad alternativas”. Apelando a la igualdad ciudadana,
se generaba un cuestionamiento sobre el lugar que se asignaba a las mujeres
dentro de la sociedad y una autodefensa de sus cualidades: “las mujeres como
los hombres poseemos un alma consciente, un cerebro pensador, fantasía creadora
más o menos brillante” (Ugarte de Landívar, 1905a: 2).
Se reconocieron en
condiciones de igualdad con respecto a los hombres. Se trataba de mujeres
ilustradas que se sentían con el mismo derecho a manifestarse de manera pública
y dentro de un ámbito público (desde un “nosotros”) en nombre y representación
del conjunto de mujeres. Estas mujeres plantearon el acceso a la educación como
un derecho y deber ciudadano. Partiendo del liberalismo –y la lectura que del
liberalismo hacían estas mujeres ilustradas (O´ Connor, 2007: 99)– buscaron la
posibilidad de una educación autónoma, como librepensadoras. Otro aspecto que
vale la pena destacar es que en estas revistas se afirma la necesidad de que
las mujeres lograran autonomía a través del trabajo. Debían acceder a la
posibilidad de mantenerse, de tener independencia económica: como no todas las
mujeres tienen quien les mantenga, ni todas quieren ser mantenidas por quien no
sea su padre, su hermano o su marido, es incuestionable que a pesar de todas
sus preocupaciones, han de buscar su independencia y los medios para
sostenerla. La mujer tiene derecho a que se le dé trabajo puesto que necesita
vivir y no se vive, ni se adquieren comodidades sin trabajar (Ugarte de
Landívar, 1905b: 100).
El trabajo no solo constituía un medio de subsistencia
sino una posibilidad de realización como individuos y un ejercicio ciudadano en
contribución al país. Los escritos de estas mujeres buscaron que la mujer fuera
colocada en un puesto de igualdad mediante el perfeccionamiento de sus
facultades y las posibilidades de una independencia económica. Sin duda se
inició un proceso de cambios aunque, en términos cuantitativos, la inserción de
las mujeres haya sido escasa y en ramas que requerían menor calificación y que
estaban relacionadas con la feminidad. Las políticas que en 1895 habían
constituido un avance significativo y una apertura para la incorporación de las
mujeres en el mundo del trabajo y en la vida pública quedaron cortas. En 1905,
la escritora liberal y posteriormente maestra Zoila Ugarte se encargó de
plantearlo: Se nos observará que al presente (la mujer) goza de ventajas que no
ha tenido nunca; cierto es, pero estas ventajas podrían contarse en los dedos y
no tienen el fin práctico que ambicionamos. Se la emplea en las oficinas de
correos, pero todos sabemos que el personal de dichas oficinas no lo componen
muchas; se ha abierto también un curso de farmacia y hay esperanza de que
dentro de algunos años obtendrán títulos las que se han dedicado a ese estudio;
pero sería de desear que se les facilite, además, otras profesiones pues si
llega a haber farmacéuticas como abogados, médicos y sacerdotes, serán
estrechas las boticas para contenerlas.
Concluye este artículo señalando: “(…)
no nos cansaremos de repetir que la mujer tiene derecho a la protección de los
gobiernos, a la atención de los congresos y que así como sobre ella pesan
obligaciones sociales y civiles, es justo que también goce de los beneficios
comunes” (Ugarte de Landívar, 1905b: 111). Como se observa, si bien el
liberalismo tuvo límites que fueron cuestionados y debatidos por mujeres
ilustradas, contribuyó con las condiciones para la participación de las mujeres
en la educación y el mundo público, como se verá a continuación a propósito del
primer Centenario.
GRUPO #2