viernes, 16 de octubre de 2015

LOGROS Y LA PRESENCIA DE LA MUJER EN LA POLÍTICA LIBERAL



Se ha señalado que la Revolución Liberal ecuatoriana (1895-1912) no produjo transformaciones importantes en las estructuras social y econó- mica del país, en la medida que dejó intacto el sistema de hacienda y las formas de estructuración social derivadas de este. Sin embargo, el liberalismo dio lugar a la separación entre la Iglesia y el Estado, a una relativa secularización de la vida social y a la formación de nuevas mentalidades. 


Con la Revolución Liberal, un amplio sector de mujeres pasó a ser objeto de preocupación y elaboración de discursos y aparatos estatales, que abrieron posibilidades para su participación en otras esferas sociales, más allá de la vida doméstica. La visión del Estado sobre las mujeres se desplazó en este período, concibiendo su rol de manera distinta. El discurso estatal ya no circunscribió a las mujeres únicamente al hogar o a un espacio semi-público dependiente de la Iglesia o de una autoridad masculina sino que su incorporación al espacio público y productivo como sujetos comenzó a plantearse. Este es un discurso llevado por la “idea del progreso liberal” y la necesidad de constituir un nuevo tipo de sujeto femenino aunque sin abandonar su condición subalterna. Uno de los mecanismos importantes fue la educación laica, que hizo posible que mujeres de sectores medios se capacitaran e incursionaran en diversos campos profesionales, especialmente en el educativo. La creación de los normales (1901) permitió que las maestras fueran adquiriendo legitimación y mayor grado de profesionalización. 


También, el gobierno liberal abrió cursos especiales para señoritas en el Conservatorio Nacional de Música y en la Escuela de Bellas Artes, y fomentó, por medio de becas, los estudios de obstetricia y el ingreso a la Facultad de Farmacia. Estas políticas permitieron que, por primera vez en Ecuador, se crearan fuentes de trabajo para las mujeres en el sector público, quienes comenzaron a laborar en Quito y Guayaquil en las oficinas de correos, telégrafos y teléfonos, el profesorado y los mandos medios de la administración pública4 . Esto no quiere decir que los antiguos roles de las mujeres como madres y esposas desaparecieran, pero sí que se abrieron nuevos espacios en los que adquirieron cierta autonomía y se vieron sujetas a otras formas de control social e individual. El discurso liberal asumió que la mujer era un factor clave en el progreso y el desarrollo del país. Su incorporación al campo productivo sería una condición necesaria para su autonomía económica e inclusión ciudadana. 


El principio liberal del trabajo como medio para que el hombre conquistara su independencia y se volviera dueño de sí incluyó a la mujer, aunque conservando las diferencias que marca la reproducción del sistema patriarcal y de dominio en un sentido económico y moral. Aunque el proceso abierto por el liberalismo no eliminó la antigua situación de subordinación de las mujeres, generó nuevas posibilidades de actuación pública a la vez que exigencias y necesidades. Este proceso se llevó a cabo con una doble estrategia: de “incorporación controlada” y de “inclusión subordinada”. De incorporación ya que la dinámica del comercio y la incipiente industria, así como los requerimientos administrativos del Estado, incorporaron a muchas mujeres; de inclusión subordinada ya que esta incorporación no se realizó en términos equitativos y se dio solo en determinados campos y espacios. Dentro del proceso de secularización y de separación de la Iglesia y el Estado, al dictar las leyes del Registro Civil y de Matrimonio Civil y Divorcio (1902), el Estado liberal puso bajo su control los mecanismos legales de celebración y disolución del matrimonio que antes fueran regulados por el Derecho Canónigo. Esto provocó una intensa confrontación ideológica entre liberales y conservadores.

El matrimonio civil fue considerado por la Iglesia Católica y el conservadorismo como “concubinato público” (González Suárez, 1980 [1902]: 251) y todas las disposiciones acerca del divorcio, “malas intrínsecamente”, y sus contenidos, “opuestos al derecho natural y al derecho divino” (González Suárez, 1980 [1903]: 280). A pesar de que hubo grupos de mujeres que plegaron la jerarquía católica en oposición a estos cambios, las políticas liberales debilitaron los mecanismos de control moral de la Iglesia sobre las mujeres, dando paso a un nuevo sistema de valores y necesidades (así como sujeciones) que facilitarían su formación como sujetos modernos. Un aspecto interesante del liberalismo fue que permitió ampliar el espacio de debate público. Si al parecer esto fue una realidad en cuanto a la producción masculina de diarios y revistas5 también lo fué en cuanto a la producción femenina. En el ambiente de transformaciones que acompañaron el proceso liberal, algunos grupos de escritoras iniciaron la publicación de revistas en las que defendieron principios de equidad y de mejoramiento de la condición de las mujeres: El Tesoro del Hogar (1890), La Mujer (1905), El Hogar Cristiano (1906-1919), La Ondina del Guayas (1907-1910), La Mujer Ecuatoriana (1918-1923) y Flora (1917-1920) son algunas publicaciones que nos permiten visualizar este tipo de producción hasta la década de los veinte del siglo XX6 . Estas revistas crearon espacios alternos abiertos a la circulación de ideas y se consituyeron como medios de relación y unidad entre grupos de mujeres, así como un estímulo para su participación en la escena pública. Si bien estuvieron fuera de los medios de comunicación hegemónicos como partícipes de una amplia esfera pública, crearon espacios para la formación de un público femenino o contra-público subalterno, en términos de Nancy Fraser (1997: 115). Las escritoras de estas revistas, que en su mayor parte fueron literarias, buscaron abrir espacios comunicacionales que hicieran posible tanto el trabajo creativo como el mejoramiento de su condición (Goetschel, 2006: 17). Las revistas estuvieron orientadas a desarrollar el gusto por la literatura, pero también una forma de pensar y un nuevo sentido ético. Se trató de un trabajo forjado a partir del lenguaje y los medios disponibles en esa época. Es interesante el peso que tuvieron en esas condiciones la poesía y el ensayo intimista, como recursos que permitían establecer un diálogo interno y la construcción de una subjetividad. 


En uno de estos escritos Zoila Ugarte sintetiza las inquietudes de las mujeres avanzadas de la época: (...) la mujer ecuatoriana siguiendo el movimiento universal, sale de su letargo, protesta de su miseria y pide conocimientos que la hagan apta para ganarse la vida con independencia; pide escuelas, pide talleres, pide que los que tienen la obligación de atenderla se preocupen de ella algo más de lo que hasta aquí lo han hecho (Ugarte de Landívar, 1905b:100). En estas revistas, las mujeres escritoras comenzaron a asumirse, desde una condición de género, como parte de un movimiento universal capaz de demandar a “los que tienen la obligación” de atenderlas a través de la creación de escuelas y talleres. Se trataba de demandas democráticas, capaces de constituir formas de “modernidad alternativas”. Apelando a la igualdad ciudadana, se generaba un cuestionamiento sobre el lugar que se asignaba a las mujeres dentro de la sociedad y una autodefensa de sus cualidades: “las mujeres como los hombres poseemos un alma consciente, un cerebro pensador, fantasía creadora más o menos brillante” (Ugarte de Landívar, 1905a: 2). 


Se reconocieron en condiciones de igualdad con respecto a los hombres. Se trataba de mujeres ilustradas que se sentían con el mismo derecho a manifestarse de manera pública y dentro de un ámbito público (desde un “nosotros”) en nombre y representación del conjunto de mujeres. Estas mujeres plantearon el acceso a la educación como un derecho y deber ciudadano. Partiendo del liberalismo –y la lectura que del liberalismo hacían estas mujeres ilustradas (O´ Connor, 2007: 99)– buscaron la posibilidad de una educación autónoma, como librepensadoras. Otro aspecto que vale la pena destacar es que en estas revistas se afirma la necesidad de que las mujeres lograran autonomía a través del trabajo. Debían acceder a la posibilidad de mantenerse, de tener independencia económica: como no todas las mujeres tienen quien les mantenga, ni todas quieren ser mantenidas por quien no sea su padre, su hermano o su marido, es incuestionable que a pesar de todas sus preocupaciones, han de buscar su independencia y los medios para sostenerla. La mujer tiene derecho a que se le dé trabajo puesto que necesita vivir y no se vive, ni se adquieren comodidades sin trabajar (Ugarte de Landívar, 1905b: 100). 


El trabajo no solo constituía un medio de subsistencia sino una posibilidad de realización como individuos y un ejercicio ciudadano en contribución al país. Los escritos de estas mujeres buscaron que la mujer fuera colocada en un puesto de igualdad mediante el perfeccionamiento de sus facultades y las posibilidades de una independencia económica. Sin duda se inició un proceso de cambios aunque, en términos cuantitativos, la inserción de las mujeres haya sido escasa y en ramas que requerían menor calificación y que estaban relacionadas con la feminidad. Las políticas que en 1895 habían constituido un avance significativo y una apertura para la incorporación de las mujeres en el mundo del trabajo y en la vida pública quedaron cortas. En 1905, la escritora liberal y posteriormente maestra Zoila Ugarte se encargó de plantearlo: Se nos observará que al presente (la mujer) goza de ventajas que no ha tenido nunca; cierto es, pero estas ventajas podrían contarse en los dedos y no tienen el fin práctico que ambicionamos. Se la emplea en las oficinas de correos, pero todos sabemos que el personal de dichas oficinas no lo componen muchas; se ha abierto también un curso de farmacia y hay esperanza de que dentro de algunos años obtendrán títulos las que se han dedicado a ese estudio; pero sería de desear que se les facilite, además, otras profesiones pues si llega a haber farmacéuticas como abogados, médicos y sacerdotes, serán estrechas las boticas para contenerlas. 

Concluye este artículo señalando: “(…) no nos cansaremos de repetir que la mujer tiene derecho a la protección de los gobiernos, a la atención de los congresos y que así como sobre ella pesan obligaciones sociales y civiles, es justo que también goce de los beneficios comunes” (Ugarte de Landívar, 1905b: 111). Como se observa, si bien el liberalismo tuvo límites que fueron cuestionados y debatidos por mujeres ilustradas, contribuyó con las condiciones para la participación de las mujeres en la educación y el mundo público, como se verá a continuación a propósito del primer Centenario.





GRUPO #2